19 de agosto de 2010

El bombardeo


Después del bombardeo la ciudad ya no era la misma. Del puente bajo el que se habían refugiado no quedaban más que las vigas, todo alrededor cubierto de polvo y escombros y los esqueletos de los edificios vacíos contemplando el terror.

Los niños lloraban desconsoladamente,y si ella no lloraba, era sencillamente porque tenía los ojos secos y la garganta en carne viva. Justo antes del bombardeo, uno de sus hermanos se había asustado y se había soltado de su mano al oír la sirena. Lo vio correr hacia el puente, pero cuando la joven llegó allí cargada con los niños, el pequeño no estaba por ninguna parte. Lo llamó y lo llamó, gritó su nombre enloquecida hasta quedarse sin voz y empezaron a caer las bombas y, cuando todo terminó, su corazón había quedado tan destrozado como el puente. ¿Cómo había podido permitir que aquello pasara? ¿Qué le diría a los niños cuando preguntaran, que era una irresponsable que había perdido a su hermanito en medio de un bombardeo? ¿Y si no lo encontraba, y si había muerto su pequeño, su niño?

Pidió a los otros dos que se quedaran justo donde estaban y salió del abrigo del puente a buscar al pequeño. Se movía con cuidado entre los escombros, levantando piedras y moviendo basura, con la esperanza de encontrar alguna señal, alguna pista que le indicara que su hermano seguía vivo. Aquí y allí encontraba algún bolso, alguna chaqueta, algún zapato o algún cadáver. Buscó durante horas y sólo encontró una zapatillita que creía era del pequeño, pero como no podía estar segura, siguió buscando y gritando el nombre del niño hasta que empezó a hacerse de noche. Decidió entonces que buscaría un lugar donde sus hermanos y ella pudieran dormir seguros y volvería al puente al día siguiente.
Pasearon los tres entre los edificios resquebrajados hasta dar con un bloque de pisos desvencijado, en cuyo portal se refugiaban al menos otras veinte personas. La joven cogió a cada niño en un brazo, se acurrucó con ellos en un rincón y pasaron así la noche.

Al día siguiente, con las primeras luces de la mañana, la joven salió del portal, que había sido su hogar esa noche, dispuesta a encontrar a su hermano o al menos algún rastro de él. Como no quería arriesgarse a perder a los otros, los hizo acompañarla y ellos tuvieron que aceptar a regañadientes. Buscaron durante toda la mañana, pero los pequeños no habían comido apenas en dos días y tuvieron que cejar en su empeño para buscar esta vez algo que echarse a la boca. La comida en plena guerra era un bien muy escaso, así que alimentarse les costó el resto del día y a la noche estaban tan cansados, que volvieron de nuevo al portal donde descansaron la noche anterior.

Durante la semana siguiente, cada día hicieron lo mismo; se levantaban temprano, iban al puente a buscar rastros de su hermano entre los escombros y se retiraban cuando el cansancio y el hambre no les dejaban seguir; ninguno de ellos estaba dispuesto a irse de allí sin saber qué había sido del pequeño. Hasta que un día, cansados y hambrientos no pudieron madrugar, la noche había sido fría y quisieron aprovechar el calor de la mañana para dormir unas horas. Irían al puente más tarde, cuando hubieran comido.

A media tarde, salieron del portal arrastrando los pies, ella con la zapatilla de su hermano en la mano como un talismán.
El puente, como siempre, estaba desierto, excepto por algunos cuantos que habían decidido quedarse al abrigo de sus pilares deshechos. Mientras buscaban entre los escombros, la joven vio acercarse una pareja que llevaban un niño de la edad de su hermano y no puedo evitar romper a llorar. El niño se liberó de las manos que le retenían y salió corriendo hacia ella. No podía creer lo que veían sus ojos, no era posible. Su hermanito perdido se acercaba saltando entre los escombros mientras ella esperaba arrodillada y llorando. Todo ocurrió muy deprisa; el niño llegó hasta ella y se agarró a su cuello llorando, la pareja y los otros dos niños se acercaban corriendo tan rápido como los escombros y la basura les permitían. El niño perdido estaba de vuelta.
Los señores que trajeron a su hermano le explicaron que habían encontrado al niño corriendo cuando sonaban las sirenas, así que le cogieron y le protegieron durante el bombardeo y todos los días que le siguieron. Le contaron que cada tarde iban al puente a buscar a la familia de aquel pequeño niño que juraba haber perdido allí su zapatilla y que día tras día volvían a la corrala donde se estaban alojando sin rastro de ellos, hasta aquella tarde.

Muchos años después, cuando su cuerpo ya estaba arqueado por la edad y sus piel arrugada, los ojos de aquella joven seguían llenándose de lágrimas recordando esta historia. Y a mí se me llenan contándola.