Soy cenizas cuando una vez fuera brasa,
y el bardo que moraba en mi pecho ha muerto,
lo que antes amé ahora apenas me llama...
y mi corazón es gris, como mi pelo.

Lord Byron
"To the Countess of Blessington"



16 de julio de 2014

A solas

Con el alma rota se escribe más fácil. Es curioso cómo el dolor saca lo peor y lo mejor que llevamos dentro. Cuando estás herido eres capaz de desgarrar con palabras a tu ser más amado o de escribirle los más hermosos y tristes poemas. Cuando la soledad te abraza y te susurra al oído historias llenas de tristeza, de amor, de celos, de esperanza, de emoción, en fin, de sentimientos, tus manos parecen guiadas por el mismísimo Bécquer. Sin embargo, cuando todo te sonríe, cuando no puedes mas que verle el lado bueno a las cosas, cuando has de contenerte para no andar abrazando y besando a todos tus seres queridos y te cuesta un horror no bromear constantemente, entonces la inspiración se vuelve huidiza y lo único hermoso que puedes ofrecerle al mundo es una gran sonrisa de agradecimiento y una mirada llena de ilusión. Es en esos momentos, en los que te inunda la satisfacción y el amor por la vida, cuando la musa decide marcharse. Se marcha, sin más, porque considera que ya no la necesitas, porque piensa que una persona que cree tenerlo todo no necesita nada más, y se va. 
Por suerte hace años que no escribo nada medianamente decente. Mi musa se marchó hace tiempo y, aunque consigo verla de vez en cuando, me da la espalda en cuanto nota que la estoy observando. Creo que la espantan mis risas, que le avergüenzan mis bromas y tiene celos de mi amor. Y aunque a veces eche de menos esa melancolía tan familiar que a mi musa tanto le gustaba, para bien o para mal, hoy soy feliz.

3 de julio de 2014

La máscara

Las primeras tres o cuatro horas son soportables, casi no noto que la llevo puesta. Pero después de doce horas se vuelve pesada y molesta, la cara me empieza a sudar y la combinación del látex y el sudor me produce rozaduras y urticaria. A medida que pasan las horas se me va haciendo más y más difícil mantenerla en su sitio, y hay momentos del día en que temo acabar arrancándomela delante de todos y mandándolo todo al infierno. Pero nunca lo hago. Sencillamente no puedo. ¡He conseguido tantas cosas gracias a ella! De hecho es gracias a ella que sigo manteniéndome a flote. Algunos días, incluso, me siento más cómoda con ella que sin ella. Esos días son los peores. Se agarra a mi rostro como una segunda piel y me cuesta un horror desprenderme de ella. Y, cuando por fin me la quito, no reconozco a la persona que me mira desde el otro lado del espejo, toda la cara enrojecida y marcada por el látex y las gomas.
Sé que no soy la única que la lleva. De hecho, prácticamente todos llevan una. O varias y las van alternando según la ocasión. Yo no estoy segura de cuántas tengo, posiblemente más de una, pero son tan parecidas que es difícil distinguirlas. A veces me pregunto cómo consiguieron los demás las suyas. Tal vez se las regalaron sus familiares y conocidos cuando eran pequeños, o las fabricaron ellos mismos para no sentirse diferentes. Ya ni siquiera recuerdo cómo conseguí yo la mía, si me la regalaron, la fabriqué o la robé. Y tampoco recuerdo, por supuesto, cuándo fue la primera vez que me la puse, pero debió de ser hace mucho tiempo.
Algunos días pienso que todo lo que tengo es gracias a ella que me mantiene protegida y a salvo, lejos de miradas inquisidoras y juicios crueles. Y otros días sencillamente me pregunto si no sería la vida más fácil si todos prescindiéramos de nuestras máscaras y les mostráramos al mundo nuestro verdadero rostro.